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RELATOS HETEREO

PADRE ANDRÉS (segunda y última parte)

Por Chichonero

Tanto el padre Andrés como Clarita habían apaciguado a ‘los monstruos’ de la impudicia carnal. El cura sentía que algo había cambiado en vida, y ciertamente sabía por qué era. La calentura que sintió aquella tarde con Clarita, no sólo había desbarrancado su castidad mantenida a pajas por años, sino que se atrevió a derramar ‘su veneno’ sobre la tersa piel de la núbil jovencita, para beneplácito de la adolescente, y lo que es más, arrastrado por el deseo carnal, había penetrado, aunque mínimamente, la puerta vaginal.

Pasaron varios días de ‘tranquilidad’ para ambos, pero una siesta tormentosa de ese verano y con el pretexto de ayudar en la limpieza de la quinta del sacerdote impúdico, Clarita salió hacia la capilla.

-"¡Ayuda convenientemente al señor cura!", le dijo la madre al momento de salir, agregando: "¡Si se viene la tormenta no te regreses hasta que pare!"

Nada acababan de decirle. ¡Era como tener piedra libre toda la tarde!

Disfrutaba de la suave brisa estival con olor a agua cercana. Se había bañado y perfumado con agua de colonia barata pero insinuante. Lucía un solero sin mangas medio cortón y sus chinelas traqueteaban por la calle adoquinada hacia la capilla. El sol pegaba sobre su cuerpo cimbreante lo que aumentaba ‘su’ temperatura.

No más llegar y golpear fue recibida por el cura, quien la hizo pasar hacia el interior. Fueron hacia la cocina donde le invitó con un refresco de limonada y ambos platicaron de cosas diversas, hasta que estando el cura con su habitual short y la remera, Clarita comenzó a pensar en otras cosas fuera de la conversación que mantenían.

"Y ¿qué te ha traído hoy por aquí?, ¡luces muy agitada!"

"Es que he sentido necesidad de regresarme cuanto antes pues deseo confesarme"

-"Iré en busca de mi hábito entonces"

-"No es preciso eso padre. Sólo quiero contarle que estoy con algunas cosquillas en mi cosita, y usted que es un santo podría, si es que le viene a bien, calmarlas"

Andrés ni se lo esperaba tan de pronto. La joven estaba excitada y se regalaba así. Quería volver a sentir las delicias carnales.

-"Le juro que no me he tocado y necesito que usted me haga la gracia de calmar mi apetito".

-"Bien, si eso te hace feliz, no seré yo un piadoso y modesto hombre de la iglesia quien se niegue a rescatarte del pecado"

Diciendo y haciendo le pidió fueran hacia el dormitorio, donde ya allí, procedió a quitarle el solero, dejándola en bombacha y corpiños. El aroma del agua de colonia pareció embriagar los sentidos del libidinoso cura, y recostándola a los ancho del lecho la besó ardientemente en la boca. La muchacha respondía a esos besos profanos y se prendía con manos y uñas a la espalda del cura. De un envión logró dejarlo bajo suyo y en tanto se besaban ella aprisionó la dura verga por sobre el slip.

-"Necesito apaciguar su ‘diablo’, pues por lo que percibo se está enojando. "¡Ciertamente tiene usted un diablo muy jodido padre!, ¡Déjeme!

Y en desprolijos tironeos quitó el slip dejando al pobre cura con la pija al aire a la que se prendió a chupar como afiebrada. Parecía una experta feladora, lamía los costados, dedicaba chupeteos al inmenso glande y se embuchaba cuanto más podía del grueso y venoso tronco hasta llegar al extremo de provocarse arcadas cuan largo era lo que pretendía deglutir. El cura resoplaba del gusto que esa chupada le estaba produciendo. Se irguió de pronto, saltó de la cama, se quitó la remera y ambos quedaron desnudos como vinieran al mundo, pero con años de diferencia. Los corpiños volaron por el aire cayendo lejos de la cama y Clarita se vio totalmente desnuda en la cama del cura que ya estaba lamiendo y chupando los labios de su concha. Clarita no se quedó quieta, acomodó su cuerpo y prontamente su boca se apropió de la dura verga, la ensalivó y chupó ardorosamente. No más unos minutos de chupada y la jovencita derramó su acabada en la boca del lascivo sacerdote, que golosamente degustó esos licores salobres. Soliviantado por ello, el cura se trepó por sobre la joven, la abrió de piernas y enchufó su mandoble de un golpe en medio de los quejidos de la chica. La cogía con fuerza haciendo que ella levantara y bajara las caderas intentando llevar el ritmo del cura. La cama crujía ante los galopes de ambos y se bamboleaba como por desarmarse. Llevado por la extrema efervescencia, Andrés notó que le vendría la leche, por lo que rápidamente quitó la pija de la concha de Clarita, ¡no fuera que la preñara!…

La chica quedó anhelante. ¿Qué haría ahora su sacrílego amante? Se subió a su lado y ella tomó el pistón por el medio y sobó con pasión, en tanto, él chupaba sus tetas hasta dejarlas enrojecidas.

-"Ven. ¡Ponte en cuatro en el piso!".

Clarita obedientemente bajó del lecho, se paró ante el borde y agachó su cuerpo quedando doblada en ‘L’ apoyada sobre el colchón. Él tomándola de la cintura la inclinó un tanto más hasta dejarla con el culo apoyado al borde del lecho. Clarita cerró los ojos y gimió al percatarse que la lengua áspera emprendía una lamida por sobre los labios de su concha y poco a poco ascendían hacia su oscura roseta. Dio un respingó y se agitó. El cura serpenteaba la lengua ensalivando esa oscura entrada, acompañándose con la punta del índice al que introducía brevemente sin dejar de lamerle. Clarita estaba ida y ¡ni que decir del cura! Cuando tras unos minutos de faena que llevaron a Clarita al límite del frenesí, apreció que algo caliente y duro se apoyaba sobre su ojete. Tensó los músculos y gritó ahogadamente al momento que el tremendo pijón del cura atravesó el esfínter. La tomó de las ancas y la atrajo hacia él.

-"¡Ayyyyyyy!… ¡Ayyyyyy!, ¡me hace doler!… ¡Es tremendamente gruesa!... ¡Pare que me rajará el culo!... ¡Vaya que grandota la tiene!... ¡Y qué dura!..

-"¡Aguanta hija!, ¡aguanta que ya te entra!

¡Miércoles que entraba!, apenas si unos cinco centímetros estaban llevando a Clarita al límite de la descompostura, ni pensar lo que sería cuando el cura enterrara su ‘batata’ entera. Otro empellón y tuvo que quitarla ante los desgarradores gemidos de la joven. Quedó parado detrás de ella apoyando la pija sobre la hendedura central

-"¡Agggghhhh!, ¡póngale saliva así podrá dolerme menos!

Recordó el cura tener un pote con vaselina, fue en su busca, lubricó generosamente su herramienta y regresó a la carga. Aguijoneó el esfínter que se abrió y entró de un golpe. Clarita chilló pero se la aguantó. El cura se enfiestó con ese estupendo culo de niña y le regaló empellones y sacadas que la joven retribuía con alterados gritos y rempujones que hacían temblar la cama. Gritaba obscenidades para darse más gozo mientras tamaña pija iba y venia por su ano. Un solo golpe final y se la mandó hasta la empuñadura.

-"¡Sí!, así… ¡culeeme así que me está encantando tenerla toda!... ¡Si mi macho, culéame como tú sabes hacerlo!

El cura se deshacía en movimientos, rotaba la pija dentro, la sacaba hasta la mitad y la hundía hasta el final, levantaba a la joven teniendo su pija como eje y pegaba sus pelos pubianos contra las nalgas de Clarita que ahora deliraba del gozo. La sacó e hizo que la joven se colocara boca arriba. Tomó sus talones y los colocó sobre los hombros. Clarita había quedado como un pollo en exposición. La pija brillaba por el lubricante y se veía latir las venas. El enorme glande de tanto abrir camino se mostraba violáceo y más amenazante. Lo ubicó en la puerta y recomenzó la culeada. Clarita desmadejada volteaba la cabeza a uno y otro lado ante cada embestida y los orgasmos se sucedían casi en cadena. La concha –ahora a la vista- estaba brillante de las chorreadas y boqueaba junto con su dueña ante cada entrada y salida de la pija del cura.

Habría pasado más de un cuarto de hora en esa posición, cuando el sacerdote y Clarita estaban al borde de la acabada. Jadeaban estrepitosamente y los gemidos de ambos inundaban la alcoba. Tensaron los cuerpos y al unísono se vaciaron en medio de gritos y contorsiones violentas. Andrés daba culazos a diestra y siniestra y parecía no parar de descargar leche. Clarita al percibir esos chorros espesos y calientes que se esparcían en su recto, casi duplicó las emanaciones de jugos que chorreaban hacia las sábanas. En el colmo de la locura orgiástica, el cura retiró de golpe su ‘cachiporra’ y sacudió numerosos chorros de leche, con tal fuerza, que dieron de pleno sobre las enhiestas tetas de Clarita. Le ardía el culo, dolían sus caderas, se sentía debilitada y somnolienta, pero sabía que había apaciguado nuevamente a ese fiero ‘diablo" del padre Andrés, que ahora yacía a su vera despatarrado y medio adormilado.

Antes de cayese la tarde, Clarita calmó dos veces más al ‘diablo’ y cuando regresaba a su casa comenzaba a llover. El agua quitaba los restos de sudor y se sintió confortada. El cura, acomodó todo en su alcoba, fue hasta la cómoda y del cajón extrajo un grueso cinturón…

Al cabo de un año de estos sucesos, Clarita regularmente regresaba a calmar al ‘diablo’, aunque desde un tiempo a esa parte, simplemente llamaba ‘pija’. Quiso el demonio meter la cola –o la pija según se vea-, que habiendo preferido ser penetrada vaginalmente por el sacrílego amante de sotana, cosa que la satisfacía plenamente pues sus orgasmos eran verdaderamente espectaculares, quedase preñada, ya que ignoraban ambos el uso del condón.

Cuando advirtiera una falta de su menstruación, sin decir nada, un sábado por la noche fue al baile como de común, eligió un muchacho parecido al cura y al promediar la fiesta bailable, se dejó coger de parada tras unos anchos árboles. El muchacho presa de tal calentura no se privó de enlecharla adentro y un tiempo después fue llamado por los padres de Clarita a que lavara el honor de su hija.

Obvio que la boda fue bendecida por el padre de la criatura, precisamente el padre Andrés, con quien menos de un mes después hizo cornudo a Julio -su marido- en feroces y terribles encamadas con el cura, a quien el obispo terminó trasladando a una ciudad cercana. Dicen las malas lenguas del pueblo que Clarita siendo tan devota suele pasar tardes enteras ‘rezando’ en la iglesia nuevo destino del padre Andrés.