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RELATOS HETEREO

EL PLACER DE LA HIJA DE MI MUJER

Infidelidad:

Daniel. Hombre, 34 años, casado desde los 25. Tres hijos.

Sara. Mujer, con 36, con una hija Evita, del matrimonio anterior (si se casó con 19, ahora tiene 17).

La mujer tiene un amante.

Mi nombre es Daniel, tengo 35 años y hasta hace dos estaba felizmente casado. Aún estoy casado, aunque la felicidad se escabulló cuando a Sara, mi esposa, le ascendieron a directora de departamento, coordinando las ventas de una gran distribuidora.

Sus tareas se multiplicaron, comenzó a tener viajes programados y a llegar tarde a casa. Estaba siempre cansada, y aunque me negaba a pensar en ello, poco a poco las sospechas llegaron y con el tiempo se convirtieron en certeza.

Sara y yo nos conocimos hace diez años. Ella tenía 26 y tenía una hija pequeña. Su novio la dejó embarazada a los diecinueve y desapareció al enterarse de la noticia. Sara decidió tener el bebé y entró a trabajar en unos grandes almacenes. Evita, la pequeña, era según sus abuelos, idéntica a su madre. Y era cierto.

Unos amigos nos presentaron, y esa misma noche la pasamos juntos. Era preciosa, y aún lo era. Delgada, con pechos discretos pero no escasos, ojos azules y cabello negro, rizado y largo. Sus caderas parecían talladas por el diablo, dispuestas a hacer perder la cabeza a cualquier hombre. Me pareció increible, pero conectamos de tal manera que apenas diez meses después nos casamos. Tuvimos dos hijos juntos, dos chicos.

Me apenaba recordar lo felices que fuimos, sentado en el sillón, con un vaso en la mano. Apenas la oí entrar en el salón, exuberante de sensualidad, como siempre, pero lejana:

Hoy tengo que salir de nuevo. ¿Tú te quedas en casa? –ni siquiera me miraba al hablar, estaba mirándose en el espejo cerca de la puerta.

No, tengo trabajo en el bufete. Creo que llegaré tarde.

Perfecto.

Salió sin decir nada más. En realidad no tenía nada que hacer. Acababa de ganar un caso difícil y el próximo par de días los tenía libres. Quizá saliera de la ciudad, aunque no quería dejar a los niños solos.

Después del trago miré por la ventana, sabiendo lo que vería. Allí estaba ella, acercándose a esa silueta oscura. Reconocí el coche, un Renault VelSatis de alta gama. Distinguí perfectamente cómo se besaban, cómo sus manos recorrían su delgada cintura llegando hasta el trasero que tantas veces fue mío. Entraron en el coche y dejé de mirar.

¿Otra vez de ha ido? – Evita había entrado en la habitación.

Si. Con el mismo – le respondí, cargado de tristeza.

¿Por qué hace esto? – preguntó intentando comprender-. Ella pasó por lo mismo, entonces, ¿por qué te hace esto?

A sus 18 años, era la viva imagen de su madre. En sus tiempos ella tampoco podía soportar la injusticia. Era una luchadora. Mi pequeña Eva había heredado todos los encantos de su madre, y algo más. Había algo en ella que su madre no tenía. Al menos su padre biológico le había pasado buenos genes.

No lo se, Evita. El sexo es poderoso, puede transformar a la gente –explique después de un trago.

Si, bueno… algo de eso sé, aunque no mucho.

La miré curioso.

Bueno, hay un chico con el que he estado saliendo –mi mente no pudo evitar mostrarme los recuerdo de cuando Sara y yo salíamos-. Y… ya sabes… nos gustamos.

Parecía incómoda, pero queriendo hablar. Su sonrisa me provocaba recuerdos que comenzaba a subir de tono. Mierda, por qué tenía que parecerse tanto a su madre.

La semana pasada estábamos en su coche, besándonos. Y en un calentón nos desabrochamos un poco la ropa –mi imaginación echó a volar, podía ver perfectamente a Evita besando a ese chico, acariciándolo, y acercando sus manos a su sexo-. Ninguno lo hemos hecho, y él comenzó a acariciarme –su mirada indicaba muy bien la zona que recibió sus caricias, y mi mente se ocupó de ilustrarlo con todos los detalles-. El caso es que yo también empecé a tocarle, a tocarle mucho.

Sin reparos, ya veía perfectamente mano de mi hijastra recorriendo la polla de un adolescente cualquiera. No podía controlarlo. Recurrí a la copa para alejar esos pensamientos, sin éxito.

El caso es que al final se corrió, - la bebida se me atragántó. No esperaba oírla hablar así. Desde luego no contribuía a que mantuviera la calma- y ahora no hace más que presionarme para que lo hagamos. Parece como si ese sentimiento lo controlara.

Claro que lo hacía. Yo estaba pasando por eso en ese instante. Me avergonzaba de excitarme con los comentarios de Evita, pero soy un hombre, no una piedra.

Pues ahí ves el poder que tiene el sexo. Hay que tener cuidado, puede ser traicionero.

¿Cómo es hacer el amor? –soltó de repente. Tampoco lo esperaba.

Pues depende. Se puede hacer el amor o tener sexo solamente. Si se hace por vicio el placer es sólo físico y desaparece al instante, por eso muchos necesitan más y más. Si se hace por amor el acto forma parte de toda la relación, y la sensación es diferente –expliqué, intentando mantener la compostura.

Entonces, ¿siempre que se haga por amor está bien?

Si, pero no debes confundir el amor con el deseo.

A mamá le pasa eso, ¿verdad? Busca sexo sin amor –había dado en el clavo.

Si –bajé la mirada-. Eso es lo que le pasa.

Evita se acercó para abrazarme. Me preguntó que porqué no buscaba a alguien que me amase, con quien pudiera hacer el amor. Le contesté la verdad. No podía, aún quería a Sara, a pesar de todo. Por eso no podía dejarla, por eso y por los niños.

Se removió de su abrazo y por un instante rozó mi miembro, espabilado por las imágenes que mi mente me había mostrado.

¿Esto que es? –preguntó sorprendida-. Está dura, ¿estás excitado?

No pude más que apartar la mirada. Error, justo enfrente podía ver una pareja besándose apasionadamente. Evita, por el rabillo de mi ojo, parecía Sara de joven. Cerca de mi. La pareja seguía besándose, se acariciaban, y el negro cabello de mi hijastra traía continuamente recuerdos lascivos del pasado. Mi estado no hacía más que empeorar, y deseaba salir de la habitación. Pero no lo hice, en el fondo no quería.

Cuando sentí que me besaba en la mejilla no pude evitar girarme, rozando los jóvenes labios de mi pequeña. Un escalofrío me recorrió la nuca. Conocía esta sensación.

Siempre me dices que me quieres –me dijo, en un tono que no pude descrifrar.

No de ese modo -. Sabía que no era correcto considerarlo siquiera, pero algo se había despertado que comenzaba a tomar el control.

Te recuerdo a ella, ¿verdad? – me miraba fijamente-. A mamá.

Su voz, era la misma. Estaba demasiado cerca.

Yo también te quiero. Me has cuidado siempre. Mamá te hace daño, pero yo no quiero verte triste – con una expresión mezcla de sentimientos, su delicada mano me acarició la mejilla, llegando hasta mi pecho.

La abracé. En ese momento fue cuando su olor llegó a mi. Un aroma casi idéntico a Sara, a la mujer que tanto amé, pero con algo diferente. Algo nuevo. Algo que me excitaba aún más. Moví ligeramente la cabeza y rocé su cuello con mis labios. Percibí claramente como sus vellos se erizaban.

Me abandoné al sentimiento y besé su cuello, arrancando de mi hijastra un gemido contenido, pero suficiente como para continuar. Me aparté un instante después, mirando sus ojos. Esos ojos claros brillaban, su boca entreabierta respiraba algo entrecortada. En voz muy baja, casi sin decirlo, pidió:

Sigue.

Era todo lo que necesitaba. La tomé por la cintura y la atraje hacia mi, besándola en la boca con la pasión que antes creí perdida. La notaba cerca de mi, respirando ajetreadamente, llenando su boca con mi lengua y recibiendo la suya, inexperta pero tremendamente sensual.

Apreté su cuerpo contra mí, sintiendo sus pechos, generosos y firmes, apretados contra mí. Ahora ella podía sentir perfectamente lo durísima que tenía la polla. Estaba muy caliente, y ella también.

Unos minutos después, mientras acariciaba su espalda y besaba su cuello, me confesó que nunca lo había hecho.

Lo sé –le dije, intentando tranquilizarla. Acaricié su carita y bajé hasta su cuello. Ella suspiraba sin separarse de mi polla. Podía sentir que la buscaba.

Me decidí y levanté un poco su camiseta, y ella colaboró alzando sus brazos. Esos pechos, duros, con los pezones marcados por la excitación, me llamaban a gritos. Agarrándola por la cintura la incliné, para saborear su escote. Sus gemidos me confirman lo que su corazón me decía. Continué besándola mientras mi mano subía para abrir el broche del sostén. Con la boca lo retiré dejando sus pechos al descubierto. Poco tardaron en ser abrigados de nuevo, uno por mis labios y el otro por mis manos.

La llevé a la cama. Ella se dejaba hacer, estaba abandonada al placer. La dejé con cuidado para acomodarme sobre ella. Lamí sus pechos, centímetro a centímetro, oyendo sus gemidos cada vez más frecuentes. Subí por su cuello buscando su boca mientras ella desabrochaba mi camisa. Sus manos querían actuar.

Finalmente se deshizo de mi camisa y me abrazó contra ella, sintiendo sus pezones clavados en mi pecho, rozando su clara piel con mi escaso vello. Sus manos bajaban hasta entrar bajo mi pantalón, sin atreverse a jugar con mi culo, pero apretando para sentir mi polla frotando su entrepierna.

Decidí mostrarle lo que es el placer bajando mi mano hacia su sexo, levantando su faldita y acariciando sus piernas. Me separé para meter mi mano entre ellas y abrirme camino hasta las braguitas, ya húmedas, que aparté muy lentamente. Sus gemidos aumentaban, estaba disfrutando muchísimo, tanto como yo.

Mis dedos se abrieron paso entre los plieges de su mojado coñito, acariciando los bordes y el vello para entrar un poco más. Busqué su hollito para bordearlo, y sus caderas comenzaron a responder. No podía evitar el vaivén, calentando aún más la situación.

Busqué el clítoris, firme, listo para recibir más. Los primeros roces provocaron leves sacudidas de placer en mi hijastra que sostenía en mis brazos. Poco a poco aumenté la presión, hasta alcanzar un ritmo más o menos constante.

Si… si… -alcanzaba a murmurar, entre gemido y gemido, mientras besaba y mordía mi cuello.

Mis dedos volvieron a buscar su entrada, penetrándola ligeramente. Procuré no desatender el inflamado clítoris continuando el masaje con la palma de mi mano. En pocos minutos el ritmo era frenético.

Sus caderas iban y venían levemente, pero mis dedos volaban, dándole todo el placer del que eran capaces. Su mano seguía en mi culo, apretando fuerte. Volví a besarla, metiendo mi lengua en su boca, llenándola de lujuria, hasta que sentí que sus entrañas se convulsionaban, su respiración se entrecortaba, y los gemidos se tornaba aullidos casi. Mi hijastra se estaba corriendo en mis manos.

Evita no lo dejó. Ya sabía lo que era un orgasmo y quería que llegasen más, y mejores. Se apartó levemente para bajarse la falda y la braguitas, dejándome ver todo su cuerpo, terso y joven. Tomó mi mano, cubierta de sus propios fluidos, y se acarició los pezones. Mi polla no dejaba de palpitar, completamente dura.

Se dejó hacer mientras se estiraba en la cama y me frotaba la polla con su mano.

Quiero sentir lo que es el amor y el sexo –me miró totalmente ida, posesa por la lujuria-. ¡Quiero sentirlo hasta el fondo!

No me hice de rogar. Dejé que me bajara la ropa y que jugase brevemente con mi polla, totalmente mojada de fluidos propios, lista para ensartarla. Luego la levanté y me senté en la cama, atrayéndola hacia mi.

Siéntate sobre ella, yo te ayudaré.

Obediente, Evita se acercó, y abriendo sus piernas se dispuso sobre mi. Agarré su precioso culito y la deje caer poco a poco. Sus manos me tomaban los hombros, buscando donde apoyarse.

Ahora relájate, pequeña, que ahora viene lo mejor -. La puse sobre mi polla que ya acariciaba su hinchado y sobradamente lubricado coñito, para meterle mi firme polla lentamente.

Pude sentir su reacción hasta el más mínimo gesto. Al principio se relajó por el placer que la inundaba, pero al sentir que le abría para penetrarla su cara cambió, reflejando dolor.

Paré y saqué un poco, lo que hizo que mi pequeña abriese los ojos y me mirase amenazadora, pidiendo que no cediera un solo milímetro. La dejé caer muy despacio, retrocediendo un poco cada cierto tiempo, para que su virginal vagina se acomodara a la polla que ahora recibía.

Cuando entró toda sus uñas se clavaban en mi espalda, excitándome aún más. Al poco el baile de caderas que antes había aprendido volvió a aparecer, despacio, despacio, hasta que la ayudé con el mete y saca de mi polla. Los gemidos volvieron, aumentados.

Parecía que no podía creerse lo que sentía, parecía fuera de sí, subiendo y bajando, con sus preciosos pechos rebotando sobre ella. Cuando ella controló el ritmo me volví a sus pechos para saborearlos de nuevo.

Evita perdió el control y aumentó los gemidos, hasta volver a correrse hundiendo mi cabeza en sus senos. Noté cada contracción, cada convulsión, cada gota de su fluido que derramaba sobre mi durísima polla. Decidí sacarla para no correrme, apenas podía controlarme.

Nooo!! Másss!!! Dame más, hasta que no pueda moverme!!!!

Sus gritos, su plegaria por más sexo, me excitaba por momentos.

La tumbé sobre la cama y le abrí las piernas. Una de ellas hacia arriba, la otra alrededor de mi. Comencé a follarla de manera brutal. Sus pechos, brillantes por la saliva, se movían sobre ella reflejando los envites. Sus gemidos eran claros, desesperados, buscando intensamente un nuevo orgasmo, el placer recién descubierto. Yo no volvería a parar hasta llenarle las entrañas de mi leche, y no tardaría mucho.

En ese momento la puerta del cuarto se abrió, y frente a mi aparecía Sara. Con la blusa abierta, un pecho fuera y una sonrisa en la boca, provocada sin duda por la mano derecha de un hombre que cubría el otro seno, o bien por la izquierda que se perdía bajo su cinturón desabrochado. El tipo la besaba en el cuello, y ella se quedó mirando, con la boca abierta.

Sabía lo que cruzaba por su mente. No estaba viendo a su hija, se estaba viendo a si misma. Estaba recordando las tremendas folladas que nos dimos durante años, estaba viendo mi cuerpo desnudo penetrando salvajemente a una chica en éxtasis, al borde de un poderoso orgasmo.

Mirándola a los ojos, continué el frenético mete y saca, arrancando gemidos de placer de Evita, hasta que se ahogó en un nuevo orgasmo mientras yo me corría abundantemente dentro de ella, llenándola hasta rebosar, sintiendo mi leche caliente escaparse y resbalar, sin sofocar mis gemidos.

Sara seguía mirando, magreada por un desconocido mientras nos observaba, sin saber que hacer o decir….

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